Es difícil no electrocutarse a veces,
pender de tu silencio, vivir,
beber del agua sucia y morirse un año.
Tocar el barro y, en un maniobra animal,
llevarte un puñado a la boca engendrando la semilla
que te dará a luz.
Y si muere, o perdura, que sea así,
llorando en la terraza inhóspita de una cumbre que encara la tormenta.

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