Dormida, y en silencio, escucho música que trepa por unas cuerdas que, entrelazadas, me abrazan. Es un sueño en el que, descalza y sobre el mar, bailamos. Ellas me agarran, me siento ligera, y nuestros movimientos hacen las veces de un lenguaje que mañana olvidaremos.
Cuando la melodía cambia, la luz se vuelve débil y comprendo que si me equivoco en un paso, tropiezo, tienen en sus manos un sentimiento que extraerme; así que no lo haré, articulo cada paso, lento, seguro, para que a cambio ellas tengan uno que entregarme.

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