Se mesan la barba con una sonrisa

            Con la inmersión de VOX en el espectro político, una hasta se plantea la paradoja de Popper, ¿no? No miento si digo que algunos días pienso que la censura y la persecución es lo que merece esta gente, aunque, de manera inmediata vuelve en mí la duda al respecto. Pero, ese es el nivel de rechazo que me causan, el más alto que pueda caber dentro de un sistema democrático. 

Sin embargo, es curioso porque últimamente me genera más malestar el problema del espectro político del otro lado del océano, la esperanza vendida, lo que pudo ser y se empeñan en no ser. No sé si es el desencanto general porque entren en el juego mediático (o lo generen ellos mismos) o la política propagandística y de eslóganes. O bien, por hechos particulares como no asumir responsabilidades ante errores legislativos garrafales que están afectando a víctimas de manera directa o el haber pasado por alto de forma fría y ruín (desde luego, no como una espera que haga el presidente del partido al que vota) el asesinato de migrantes subsaharianos en la frontera con Marruecos. 

Como digo, el desencanto existe y esto es peligroso. Es peligroso porque el desencanto lleva a la apatía. Yo no he llegado a eso, en mí se mantiene la creencia de que hacer una crítica de quien crees y por el bien común es como corregir los primeros pasos de tus hijos o señalar una mala conducta de un amigo, es un trabajo que nace desde la creencia y defensa de unos valores sociales y democráticos: tolerancia, justicia social e igualdad.

Pero, sí percibo apatía en mi entorno. La gente está cansada, por mucho que su ideología lleve el nombre de sus partidos, de que hacer política sea el sinónimo de un espectáculo circense. La gente está cansada de que la protección de unos valores y una ideología política, entendida como el mayor tesoro que puede tener nuestro sistema, se vea mermada por intereses de poder propios y con un fuerte carácter endogámico.

Y el cansancio lleva al rechazo, al no querer saber o, al menos, a no querer “entrar al trapo”. Lleva a no plantearse nunca más si lo que dice uno u otro está bien o, por lo menos, corroborado. Lleva al desencanto y hastío que produce lo que ya no tienes esperanza en que cambie. Lleva al peligro, al riesgo y a la exposición. Porque aquellos que esperan pacientes a que acabe el circo se mesan la barba con una sonrisa que sobrecogerá nuestro desencanto.


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