Elegía a Europa
Escribir esto me avergüenza. Me da vergüenza tan solo
proponer la idea de expresar el tormento y encontrar en ese hecho algo
terapéutico. Un acto impío. Consuelo para mi conciencia. Qué derecho tengo a
querer encontrar alivio en la escritura. Por eso no debería escribir. No
deberíamos hacerlo. Porque es imposible reproducir, bajo ninguna de las formas
de expresión, lo que están padeciendo allí, en el otro lado.
De lo que hablo es de bestialismo, de barbarie y de
atrocidad. De ver morir a un hijo al que han acorralado en un hospital. En
lo que constituye un refugio -en nuestra inútil idea de Europa-, un espacio del
cuidado y la esperanza. Allí un matadero. Debería callarme y contener la culpa
en la conciencia. Y sufrirla. Deberíamos callarnos para siempre. Solos, enmudecidos,
con angustia y, aun así, no sería ni parecido, ni cercano a hacer algo justo
por ellos. Merecemos el ostracismo.
Pero, los otros. Um. Por los otros. Los otros se están
bebiendo su sangre. Se han propuesto seguir un nuevo dogma. Aquel cuyo fin es
la aniquilación. Ahora son adeptos a él.
Por los otros hablaría hasta reventar los tímpanos de los de este lado, feudos de la perversidad, engendros de la sincronía, la alineación y el odio. Deseo hablar de eso hasta que se me desencaje la mandíbula. Y, aun así, qué ironía, tampoco haría justicia a su atrocidad. No es suficiente con ver que avanzamos con nuestros tanques por sus calles. Permanecemos en la inopia. Ensimismados en a saber qué. Ya no tenemos redención. Merecemos el abandono.
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