"Nemo commodum capere potest ex iniuria propria" ("Nadie puede obtener un beneficio de su propia acción legal")


Miriam se levantó esa mañana exhausta. La campaña estaba siendo muy larga, y más aún después de todo el periodo de “conversaciones” con el tributario. Dios, esos días sí habían sido puro rocanrol. Justo lo que había pensado que sería meterse en política hace ya algunos años. Qué batallas. Unas veces tenían “ellos” la potestad, otras su equipo… Pero nunca cedieron el testigo. Qué gozada. Todavía tenía el sabor del cava Condorniú con el que brindaban cada noche, ese que rozaba los doscientos euros la botella, el extraído de La Fedeuera, El Tros Nou, y La Pleta, un coupage de uvas de las tres tierras de la nación. Esas cenas en Bruselas no solo suponían el esplendor de lo que podía ser, sino el encuentro con El President. Cómo sabía eso, y qué sensación dejaba en el cuerpo. Merecía la pena la exposición y el desgaste, el odio y la manipulación.

            Recordaba, mientras tomaba el desayuno, el momento en el que después de reunirse por última vez con él, justo después de enterarse de que sí, de que estarían dentro, de que Gobernarían lo suyo y lo del resto; recordaba, de manera cristalina, que El President se acercó a ella. No era tímido, ella lo sabía, pero no le gustaban las muestras de cariño, así que cuando hizo el amago de tocarle el hombro se puso a temblar de manera instantánea. Él, consciente de su dominio (ella se sabía vasalla de su tierra, del designio que compartían), gesticuló una media sonrisa y dijo: “Solo me queda agradecer tu gran labor”. Nunca en su vida se había sentido tan venerada.

            Sin embargo, eso fue hace unas semanas. Ahora, estaba muy cansada. Había agotado todas sus fuerzas en esas negociaciones, que, en realidad, estaban resueltas desde el principio (pero, había que “apretar”, como le gustaba decir a El President). El caso es que el cansancio no le impidió terminar el desayuno, ducharse, y tomar el Uber hasta el Congreso de los Diputados. Hoy era uno de esos días “suyos”. De esos en los que podía (y debía) demostrar su valía ante la causa. Así que, ya montada en el coche que costeaban aquellos que tanto les debían, repasó su discurso en un susurro: “España es un nido de corruptos, analfabetos y fascistas”.

            Cuando entró en el Congreso era algo tarde ya y olvidó, nerviosa, poner el bolso en el escáner de seguridad, así que nada más atravesar la puerta un pitido estridente la sobresaltó, “joder, las putas reglas otra vez”, pensó asqueada. Deshizo sus pasos, colocó el bolso en el lugar correspondiente, atravesó el arco de seguridad y se dirigió corriendo a la sala de comparecencias para dar su rueda de prensa.

            Al llegar, notó, cosa extraña últimamente, que ningún periodista prestaba especial atención a su entrada, por lo que su ansiedad se acrecentó. “Si no consigo la atención de los medios la causa se verá en peligro”. No sabía qué hacer para que le hicieran caso una vez que empezara a decir lo que “tenían” planeado. En ocasiones, los juegos más sucios de política los había tenido que realizar con ellos. “Vendidos”, murmuró para sí misma.

Pero, de repente, lo vio claro: esa bandera rojigualda era provocativa, querida y odiada. La usaría. Así que, sin pensarlo, la levantó en peso y la trasladó hacia un lado. “Estaba muy cerca”, les dijo a los periodistas que se giraron inmediatamente hacia ella, mientras gesticulaba una sonrisa que parecía más bien una mueca siniestra de absoluto vacío.


N. del A.: la autora no se hace responsable de las múltiples, independientes y necesarias interpretaciones que el lector pueda realizar de este relato ficticio (valga la redundancia) tan real, incluida la nota a pie de página.

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