Don García-Gallardo
Esa mañana era la mañana. La llamada telefónica confirmaba que podía dar un paso adelante. La llamada que llevaba esperando semanas requería una respuesta y una ocasión - y en esto tenía que armarse de paciencia- que solo los de arriba, los que de verdad saben, a los que tanto ansía alcanzar, podían saber. Pero, había pasado, su propuesta había sido admitida y el paso se podía dar. Esa misma mañana comparecería ante los medios y, por fin, todos, España, sabrían quién era él y su significancia en el partido.
Con gran esfuerzo aparentó no tener las manos temblorosas cuando agarró la taza de café con leche que siempre solía tomar antes de entrar a la emblemática sede de las Cortes. No había ni una sola mañana que no recordara el comentario que su padre le hacía cada vez que lo pedía cuando desayunaban, ¿qué tendrá que ver el tipo de café que uno tome?
Sin embargo, ahí estaba: subiendo las escaleras del edificio del gobierno de su ilustre Castilla y León. Cuánto había hecho España por él, a pesar de sus muchos enemigos, y cuánto le debía. Pero, se lo iba a devolver. Estaba dispuesto a crear cambios, a devolver su grandeza, a elevar su porte. Le vino a la mente la primera vez que fue a Toledo. Qué maravilla de ciudad, qué viaje a una época de esplendor, ¿qué fue aquello que le contó un herrero sobre la convivencia en…?
Tenía que centrarse. Centrarse y repasar. Aunque se sabía el discurso, oh sí, de pé a pá, lo habían escrito y repasado y, él, lo había estudiado, estudiado y masticado: “...escuchar el latido del corazón…”; qué maravilla de propuesta, qué grandeza la de su hazaña, la vida, nada más y nada menos. Se sentía algo así como… un oráculo. Sí, sin duda, había muchas, qué digo, muchísimas mujeres perdidas, que, gracias a su idea, iban a ser salvadas. Y lo que es más importante, iba a ser salvada la familia. ¿Por qué iba a sentirse intranquilo?
Abrió la puerta de la habitación donde otras veces desde hace un tiempo había dado otras comparecencias, pero esta vez era distinto, esta vez los de arriba habían confiado en él, la habitación estaba llena de periodistas. La expectación se había creado, y ese era el primer paso para el preludio del éxito político, según le dijo alguien cuando empezó a subir en las listas del partido, ¿o lo había leído?
“Buenos días a todos…”. No podía creerlo. Había sucedido. Estaba tan nervioso que esperaba haber dicho todo, no solo bien, sino con convicción: “... importancia de la familia,... provida…”. Ahora solo tenía que responder repitiendo su discurso y con firmeza a las preguntas de los periodistas.
“La ecografía de 4D, ¿en qué semana sería?”, preguntó uno de ellos. Tuvo que tragar saliva, supo que estaba tardando en contestar, bajó la mirada hacia su discurso y balbuceó: “Pues... ese dato no lo tengo, pero estoy seguro de que... que pronto lo podemos... aclarar”. La boca le supo a hierro.
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