Trampas

            Ana Rosa Quintana le ha dicho hoy a García-Gallardo: “ustedes no tienen respeto por la libertad de expresión, ni por la libertad de opinión”, después de que este acusara a su programa de criticar sin razón y a ciegas su plan antiaborto cuando la presentadora, en línea con lo que debe hacerse en su trabajo (ese tan necesario valor de los periodistas que es hacer sudar a los entrevistados, más aún si son políticos); le ha preguntado de forma incisiva sobre el mismo.

Pues bien, la cuestión es que García-Gallardo (qué bien me viene el apellido, usaría el mismo si realizara una ficción sobre su persona), con este replanteamiento del protocolo antiabortista en el que no entraré a explicar porque ya está en todas partes, ha resucitado la polémica sobre el aborto. Una polémica resuelta ya hace tiempo, que no supone ningún tipo de problema en el país, pero que sirve a sus intereses políticos (y al de sus enemigos) en el que va a ser un periodo electoral de inagotable política mediática.

Al colocar este tema en el centro del tablero, desde su posición como vicepresidente de la Junta de Castilla y León, consigue dos puntos esenciales para mantenerse dentro del juego electoral, porque seamos sinceros, hasta ahora: ¿quién era García-Gallardo?

El primer punto es precisamente ese, el vicepresidente ha vuelto a colocar al partido político al que pertenece y que seguramente más se nutre de la política mediática del país (gracias, por supuesto, al poderoso esfuerzo del resto de fuerzas que se esmeran en que esto ocurra) en el foco de la noticia, de tuiter y de los cafés entre compañeros de trabajo.

En segundo lugar, es significativo que sea él quien lleve la batuta de mando en la defensa y aplicación de este nuevo plan. En realidad, es una jugada inteligente, muy usada en política, pero que puede pasar inadvertida. No es el presidente, ni el secretario general quienes han abanderado una propuesta de cambio sobre un plan protocolario decidido en base a una ley del Estado. Es un segundo al mando quien recuerda a los partidarios más conservadores de dicho partido que todavía le preocupan esos temas, que van a repetir muchas veces la palabra familia y que son los únicos que conocen y se preocupan por lo que este término significa. De esta forma, tampoco pierdes a los partidarios menos conservadores que están de acuerdo en parte de su argumentario, pero que se alertan cuando el discurso suena demasiado tradicional. Al fin y al cabo, lo dice uno de Castilla y León, ¿no? No ese otro, líder del partido, al que voy a votar porque está centrado es aspectos aparentemente más sensatos.

        He ahí la trampa del discurso mediático, el enredo político del que todos participan y se nutren. Y no escribo este texto desde un punto de vista equidistante ni para generar apatía o hastío político, sino para recordarme a mí misma que no importa la insistencia (casi diríamos machaqueo) con la que la política actual se empeña en abolir el debate político a través del mensaje emocional, la propagación de escándalos o la intransigente denigración del adversario; que todavía tenemos en nuestras manos la elección de no caer en la trampa emocional y que somos capaces de sentarnos a analizar qué nos están contando.


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