El fantasma de Canterville



Se acercó y, arrodillándose al lado del fantasma, contempló su rostro envejecido y arrugado.
-Pobrecito fantasma- profirió a media voz-¿Y no hay ningún sitio donde pueda usted ir a dormir?
-Allá lejos, pasado el pinar- respondió él con voz baja y soñadora-, hay un jardincillo; la hierba crece en él alta y espesa; allí pueden verse las grandes estrellas blancas de la cicuta, allí el ruiseñor canta toda la noche, y la luna de cristal helado deja caer su mirada y el tejo extiende sus brazos de gigante sobre los durmientes.

Los ojos de Virginia se empañaron de lágrimas y ocultó la cara entre sus manos.
-Se refiere usted al jardín de la muerte- murmuró.
-Sí, de la muerte. ¡Qué hermosa debe de ser! ¡Descansar en la blanda tierra oscura, mientras las hierbas se balancean encima de nuestra cabeza, y escuchar el silencio! No tener ni ayer ni mañana. Olvidarse del tiempo y de la vida, morar en paz. Usted puede ayudarme; usted puede abrirme de par en par las puertas de la muerte, porque el amor acompaña a usted siempre, y el amor es más fuerte que la muerte.
Oscar Wilde.

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